Arte y Literatura - 7. EL PINTOR DE BATALLAS (Las artes y la realidad) PDF Imprimir
Indice del artículo
Arte y Literatura
1. EL MAPA Y EL TERRITORIO
2. GRAFITI O MUERTE
3. LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA
4. LA VIDA SECRETA DE LOS EDIFICIOS
5. PINTURA Y REALIDAD (Las artes y la realidad)
6. LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA (Las artes y la realidad)
7. EL PINTOR DE BATALLAS (Las artes y la realidad)
8. EL MUNDO DESLUMBRANTE
9. LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO
10. SUAVE CARICIA
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reverte

Las artes y la realidad.

 

¿Qué es la realidad? ¿Cómo puede ser representada? ¿Qué relación guarda el objeto en sí con su representación? Estas son algunas de las preguntas recurrentes de la filosofía del arte desde Platón a Arthur Danto. También han sido motivo de reflexión por parte de literatos que han dado protagonismo en sus obras a los pintores, escultores y arquitectos inmersos en su proceso de creación. He seleccionado para la primera entrega de este tema tan sugerente tres obras de momentos históricos y planteamientos diversos. Una, filosófica: Pintura y realidad y otras dos literarias: La obra maestra desconocida y El pintor de batallas. Espero que las líneas que siguen os animen a su lectura.

 

EL PINTOR DE BATALLAS.

 

Lo que la crítica literaria y la historia de la literatura digan dentro de dos o tres generaciones sobre la calidad de Arturo Pérez reverte como escritor no creo que nos importe mucho a nosotros pero me da la impresión de que tampoco ha de importarle a él. Su radicalidad política, su postura tan atrabiliaria en cuanto a las miseria del carácter español pueden apreciarse semana tras semana en su “patente de corso”, de nombre asaz elocuente y con un cierto punto de cinismo y de tristeza porque esa patente era la que proporcionaba el poder (la corona) para que los piratas actuasen dentro de la legalidad de un país para que saquearan y hundieran barcos de una potencia enemiga.

Viejo reportero de raza, de forma paralela –y especialmente después de haber colgado los trastos de periodista de primera línea (según copio de su página web  http://www.perezreverte.com/) ha cubierto, entre otros conflictos “la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, la guerra del Sahara, la guerra de las Malvinas, la guerra de El Salvador, la guerra de Nicaragua, la guerra del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la guerra de Angola, el golpe de estado de Túnez, etc. Los últimos conflictos que ha vivido son: la revolución de Rumania (1989-90), la guerra de Mozambique (1990), la crisis y guerra del Golfo (1990-91), la guerra de Croacia (1991) y la guerra de Bosnia (1992-93-94)” – ha desarrollado una meritoria carrera literaria que le ha llevado a la Academia de la Lengua.

Entre sus obras más notables podrían destacarse El húsar (1986), El maestro de esgrima (1988),  La tabla de Flandes (1990),  El club Dumas (1993), La piel del tambor (1995), La carta esférica (2000), La Reina del Sur (2002) o El asedio (2010) que han sido traducidas a las principales lenguas del mundo y que han dado origen a películas (de desigual éxito) porque su lenguaje es perfectamente descriptivo como si de un guión cinematográfico se tratase.

Es, además, el creador de un personaje –Diego Alatriste- que compendia al militar carne de cañón de principios del XVII que asiste a la decadencia de un imperio en el que nunca se ponía el sol y que se desmorona ante los mangoneos y la desidia de gobernantes nefastos. Reverte no practica, propiamente, la novela histórica. Alatriste le sirve para ajustar cuentas no ya con la España de los Austrias sino con la que se envuelve en oropeles a partir de la Barcelona olímpica y que termina por sumirse en esta indigencia económica y moral que nos ahoga bajo mandatarios no muy diferentes al venal Duque de Lerma o al incompetente Conde-Duque de Olivares. Y eso sin contar con los innumerables reyezuelos de las taifas en las que se ha convertido la otrora una, grande y libre. Pero no sólo ellos. Aquí no se salva ni Dios, ni siquiera los españolitos de a pie que brujulean buscando su beneficio sin conocer, a diferencia del “capitán” de los tercios, lo que significa la palabra honor, sea cual sea el sentido que proporcionemos al término.

Pero estas líneas no son unos apuntes de sociología. Son una forma de acercarnos a la literatura sobre arte y, desde este punto de vista, la novela de Pérez Reverte El pintor de batallas (Alfaguara, 2006, de donde cito) nos sirve para cerrar esta primera entrega de reflexiones sobre la relación entre el arte y la realidad.

La obra es resumida por el autor de la siguiente forma: “En una torre junto al Mediterráneo, en busca de la foto que nunca pudo hacer, un antiguo fotógrafo (Faulques) pinta un gran fresco circular en la pared: el paisaje intemporal de una batalla. Lo acompañan en la tarea un rostro (Ivo Markovic) que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal, y la sombra de una mujer (Olvido Ferrara) desaparecida diez años atrás”.

El pintor de batallas es, también, una historia de amor y desamor por la falta de compromiso de Faulkes se encuentra la de una venganza debido a las nefastas consecuencias para la familia del retratado (un combatiente en las guerras de desmembración de la antigua Yugoslavia) de la publicación de su fotografía en la prensa internacional.

Pero esta obra posee un mayor aliento que el derivado de esta historia, por interesante que pueda resultar su final.

Arturo Pérez Reverte plantea en El pintor de batallas, una de sus novelas de menor repercusión pública pero ni mucho menos inferior a otros de sus trabajos, las limitaciones que posee la fotografía para transmitir la realidad porque la fotografía, con su total y absoluta dependencia del hecho, termina remitiéndonos al acto concreto y no se convierte, en absoluto, en una imagen genérica que haga reflexionar al espectador sobre la violencia en general. “De tanto abusar de ella, de tanto manipularla, hace tiempo que una imagen dejó de valer más que mil palabras. Pero no es culpa tuya. No es tu manera de ver lo que se ha devaluado, sino la herramienta que usas. Demasiadas fotos, ¿no crees? El mundo está saturado de malditas fotos”, le llegan a decir al Faulques en una ocasión. E incluso juega, irónicamente, con la manipulación de la que han sido objeto iconos fotográficos del siglo XX: “… tras detallado estudio de la foto del miliciano español muerto, de Robert Capa -indiscutido icono de la fotografía bélica honesta-, Faulques concluyó que en tantas guerras propias nunca había visto que nadie muriera en combate con las rodilleras de los pantalones y la camisa tan impecablemente limpias.”

Pérez Reverte piensa que la contemporaneidad, tan proclive a enfrentamientos descomunales saldados con millones de muertos no ha sido capaz de transmitir a través de la pintura estos problemas. Ninguna de las imágenes que nos ha legado la prensa gráfica alcanza la misma significación visual de los fusilamientos de Goya -“Qué curioso, había dicho ella -entre cadáveres despojados y agonizantes, un guerrero remataba a culatazos a un enemigo caído semejante a un crustáceo, completamente cubierto con casco y armadura-, que casi todos los pintores interesantes de batallas sean anteriores al siglo XVII. A partir de ahí nadie, excepto Goya, se atrevió a contemplar a un ser humano tocado de veras por la muerte, con sangre auténtica en vez de jarabe heroico en las venas;”-y no sólo por cuestiones de tradición y de transmisión cultural sino por la propia fuerza de una imagen, tan adecuadamente construida, con la que no puede competir una instantánea de la realidad por muy real que ésta sea por su incapacidad para elevarse por encima de las condiciones temporales que atenazan a la imagen fotográfica. De ahí que su protagonista intente resolver el problema expresivo de toda una vida no con la fotografía, sino con la pintura: “El conjunto formaba un paisaje descomunal e inquietante, sin título, sin época, donde el escudo semienterrado en la arena, el yelmo medieval salpicado de sangre, la sombra de un fusil de asalto sobre un bosque de cruces de madera, la ciudad antigua amurallada y las torres de cemento y cristal de la moderna, coexistían menos como anacronismos que como evidencias”.

Partiendo (en contra de lo manifestado por Etienne Gilson) de que la fotografía es un arte, reflexiona sobre qué hay de artístico en ella y en la pintura y, en última instancia, sobre cuál es su significación última: “-Es una buena foto -prosiguió el visitante-. Se me ve cansado, ¿verdad?... Y lo estaba. Supongo que el cansancio es lo que le da a mi cara ese aspecto dramático... ¿El título lo eligió usted?
Aquello era precisamente lo opuesto al arte, pensaba Faulques. La armonía de líneas y formas no tenía otro objeto que llegar a las claves íntimas del problema. Nada que ver con la estética, ni tampoco con la ética que otros fotógrafos usaban -o decían usar- como filtro de sus objetivos y su trabajo. Para él todo se había reducido a moverse por la fascinante retícula del problema de la vida y sus daños colaterales. Sus fotografías eran como el ajedrez: donde otros veían lucha, dolor, belleza o armonía, Faulques sólo contemplaba enigmas combinatorios. Lo mismo ocurría con la vasta pintura en la que ahora trabajaba. Cuanto intentaba resolver en aquella pared circular estaba en las antípodas de lo que el común de la gente llamaba arte. O tal vez lo que ocurría era que, una vez dejado atrás cierto punto ambiguo y sin retorno donde, ya sin pasión, languidecían ética y estética, el arte se convertía -y tal vez las palabras adecuadas eran de nuevo- en una fórmula fría y puede que eficaz. Una impasible herramienta para contemplar la vida.”

Que Pérez Reverte no sólo tienen sensibilidad para la fotografía y la pintura sino que es capaz de transmitirla me parece que queda bien expresado en este otro párrafo: “Faulques se miró las manos manchadas de pintura roja, y luego observó el mural que lo circundaba. Las formas cambiaban en contacto con el color. Los espacios en blanco, el esbozo a carboncillo sobre la imprimación de la pared, habían dejado de parecerle zonas vacías. Bajo la intensa luz de los focos halógenos, todo parecía fundirse en su cerebro a la manera de las pinturas impresionistas: colores, espacios, volúmenes que sólo alcanzaban su integración correcta en la retina del espectador. Tan reales, tan veraces -sólo el artista es veraz, recordó de nuevo- eran allí las figuras y paisajes acabados como los que apenas se insinuaban, las formas anunciadas en la pared, las pinceladas minuciosas y los trazos gruesos, fresca la pintura todavía, aplicados con los dedos sobre figuras ya pintadas o sobre espacios en blanco. Un largo camino. Había una trama subyacente, una perspectiva fabulosa e interminable como un bucle, que recorría el círculo del mural sin detenerse nunca, integrando cada uno de los elementos, relacionando entre sí las naves que zarpaban bajo la lluvia, la ciudad en llamas sobre la colina, los fugitivos, los soldados, la mujer violada y el niño verdugo, el hombre a punto de morir, los bosques con ahorcados colgantes como frutos, la batalla en el llano, los hombres acuchillándose en primer término, los jinetes a punto de entrar en combate, la ciudad durmiente y confiada entre sus torres de acero, hormigón y cristal. El universo visible y la inmensidad concebible de la naturaleza. Todo lo que había querido pintar estaba allí: Brueghel, Goya, Uccello, el doctor Atl y los demás, cuantos dispusieron la mirada y las manos de Faulques para expresar lo que a lo largo de su vida había penetrado por el visor de la cámara hasta la caverna de Platón de su retina -la película fotográfica y el papel de positivar sólo jugaban roles secundarios en todo aquello- se explicaban al fin, combinados en la formulación geométrica cuyo principio y resultado final convergían en el triángulo que lo presidía todo: el volcán negro, pardo, gris, rojo. El símbolo del criptograma, desprovisto de sentimientos e implacable en simetrías, que extendía sus grietas de lava como una tela de araña cuya red abarcase la cifra del universo, las fisuras en la pared de la vieja torre que servía de soporte a todo ello, el alba del día que pronto iba a penetrar por las ventanas, el hombre que aguardaba afuera mientras el pintor de batallas culminaba su trabajo.”

Reverte que es consciente de la obsolescencia de nuestras formas culturales: “El verdadero arte moderno es efímero, o no es.” ha dedicado a los grafiteros la última obra que ha lanzado a la calle: El francotirador paciente. Os sugiero que leáis ambas.


 

Por Arturo Caballero Bastardo.